Estrés y profesión

Aunque estrés y profesión no necesariamente han de ir de la mano, hay profesiones con mayores riesgos de estrés que otras. Ahora bien, no hay que olvidar que el estrés también tiene que ver con la forma de ser de las personas, más allá de perfiles laborales. Así pues, a la hora de abordar la cuestión del estrés hay que tener en cuenta tanto los factores profesionales como los factores personales, intrínsecos a la persona y a su manera de vivir.

En lo referido a la abogacía nos encontramos con aspectos concretos de la profesión, como pueden ser las urgencias, los plazos, el volumen de trabajo, etc. Estos factores y muchos otros que más adelante se analizarán forman parte de lo que podrían llamarse factores estresores externos, muchos de ellos ajenos a la voluntad de los profesionales. Y también existen los factores estresores internos, inherentes a la persona y a su forma de vivir, por ejemplo, la falta de organización, la dificultad para decir “no”, la costumbre de abarcar más de lo posible o el miedo a dejar pasar oportunidades de trabajo. Dentro de esos factores externos, algunos son totalmente inevitables y condicionantes, mientras que otros pueden ser gestionados cuando no evitados. Lo mismo ocurre con los factores internos, a menudo tóxicos, que pueden ser transformados con una adecuada higiene emocional y mental.

Los aspectos estresantes de la abogacía abarcan un abanico variado de cuestiones, cada una de ellas desequilibrante cuando sobrepasa ciertos límites. Vamos a enumerar algunas de las más importantes para tenerlas presentes como factores estresores:

  • Carga excesiva de trabajo.
  • Ritmo elevado de trabajo.
  • Carencia de horarios.
  • Disponibilidad permanente.
  • Alta responsabilidad.
  • Economía pendiente de pagos.
  • Miedo escénico.
  • Cumplimiento de plazos.
  • Excesiva actividad mental.
  • Dificultades con los clientes.
  • Riesgo de sentencias no ganadas.
  • Empatía excesiva con los sucesos dramáticos.
  • Dificultad para priorizar trabajos.
  • No desconexión del trabajo.
  • Competitividad o ambición excesivas.
  • Sentido del servicio excesivo.
  • Estados de nerviosismo, ansiedad y depresión.
  • Dificultad a la hora de comunicarse con los clientes por variedad de factores: idioma, nivel de comprensión, carácter de los clientes, etc.

Estas y otras cuestiones son vividas con mejor o peor gestión por quienes se dedican a la abogacía. Habrá quien lleve bien perder un juicio, pero se estrese con los plazos. Habrá quien no viva con empatía sufridora casos dramáticos, pero que viva acelerado o sobrecargado. ¿Se puede mejorar en algo los estados de estrés generados por los factores estresores externos? La respuesta es: “Sí, se puede mejorar la gestión de algunos de esos factores y reducir los niveles de estrés”. La cuestión no está tanto en el “qué”, sino en el “cómo”: ¿cómo dejar de ir con prisa?; ¿cómo dejar atrás el miedo escénico?; ¿cómo distanciarse de la empatía sufridora?; ¿cómo aceptar los fallos y las frustraciones? Aquí es donde un adecuado trabajo de educación o entrenamiento emocional tiene importancia. La gestión de las emociones, sea cual sea la profesión y las circunstancias, es una de las principales acciones que se pueden llevar a cabo para gestionar los estados de estrés y ganar en serenidad interior.

 

La programación emocional

El mundo emocional es de gran complejidad y profundidad. Metafóricamente podría decirse que todas las personas tienen en su interior un libro que contiene las instrucciones emocionales con las que funcionar día a día. Ese libro se ha escrito desde antes del nacimiento hasta el momento presente y es importante saber que hasta un noventa y cinco por ciento de la emocionalidad de una persona se establece desde el momento de la gestación hasta los diez años. Si bien es cierto que cada persona llega a este mundo con información ya grabada que va a definir una parte de su temperamento, entre los cero y los diez años el cerebro infantil es incapaz de diferenciar entre lo válido y lo no válido. El ejemplo recibido del sistema familiar, la escuela, la televisión, internet y el entorno de amistades va a contribuir en gran medida a configurar esa emocionalidad que, más adelante, será el libro de instrucciones con el que el adulto entienda y viva su día a día.

Si, además, tenemos en cuenta que la vida mental y emocional de cualquier persona es consciente aproximadamente en un cinco por ciento e inconsciente el noventa y cinco por ciento, podemos hacernos una idea de cómo este libro de instrucciones interno, compuesto de emociones y sentimientos, ideas, creencias y pensamientos, influye en el devenir personal y profesional de una manera determinante.

La emocionalidad y la mentalidad de cualquier persona son los programas emocionales y mentales que ha ido adquiriendo y grabando en su interior a lo largo de la vida y es esto lo que determina cómo se recibe, filtra y procesa la información interna y externa y cómo se responde ante las circunstancias. La cuestión es ¿cuántas instrucciones sanas y cuántas insanas hay grabadas en el libro de instrucciones interno?, ¿qué aspectos de la vida son vividos de una manera equilibrada y qué aspectos son vividos de manera desequilibrada?, ¿qué factores emocionales (sanos o insanos) se activan ante determinadas circunstancias? Nadie es perfecto ni ha desarrollado una emocionalidad perfecta, pero sí es cierto que hay personas emocionalmente más sanas y otras menos sanas y esto no depende de los estudios, la profesión, la economía, el estatus social o el género, sino de cómo se haya configurado la emocionalidad en la infancia en su mayor parte y posteriormente, en la vida adulta, en menor medida.

Dado que una persona no puede elegir sus experiencias vitales, y menos en la infancia, el libro de instrucciones emocional se escribe al albur de todos aquellos estímulos externos que el cerebro recibe, acumula y encaja en una suerte de puzle emocional en el que no siempre las imágenes están bien definidas. En este sentido la educación emocional infantil es una de las grandes carencias que tiene esta sociedad en los tres niveles que forman a una persona: familia, escuela y sociedad. Sin embargo, hoy en día existe la posibilidad de la educación y el entrenamiento emocional y muchas son las vías para realizarlo: terapias emocionales, meditación, coaching, entrenamiento emocional, desarrollo personal, desarrollo de la consciencia, etc. Aquí es donde surge la posibilidad de mejorar la gestión emocional y, con ello, la gestión de muchos de los factores estresores de la vida profesional y personal. Y es en esto en lo que es necesario incidir para una relación más sana con el trabajo.

 

Gestión del estrés

Teniendo en cuenta las peculiaridades de la profesión de abogacía, es necesario abordar la gestión del estrés de manera adaptada a las necesidades y problemáticas propias de esta profesión y, al mismo tiempo, no hay que olvidarse de que antes que profesional se es persona y aquí está la otra cara del equilibrio interior, en trabajar a la persona como una unidad biopsicoemocional con su propias necesidades de aprendizaje y evolución en el plano emocional. Se hace necesario un trabajo personal, un abordaje integral en el que se adquieran estrategias de gestión mental y emocional eficaces y prácticas. En este sentido se debe trabajar sobre aspectos como, por ejemplo:

  • La gestión del tiempo.
  • Planificación y priorización.
  • Descanso y ocio.
  • Espacio de trabajo.
  • Capacidad de delegar.
  • Gestión emocional.
  • Autocuidado integral.
  • Desconexión del trabajo.

Estos aspectos señalados son necesidades concretas y reconocibles, esto es algo que la mayoría de las personas identificará como lógico el trabajar sobre ello. Queda por señalar lo más importante, aquello que transcurre en el inconsciente de todos nosotros y que, no por invisible deja de ser importante, más importante aún que lo consciente y visible. Estamos hablando de aprender a gestionar la emocionalidad y la mente a través del desarrollo personal. Este tipo de cuestiones se abordan a través de formaciones en desarrollo personal y emocional, no es cuestión de una sencilla charla, sino de un verdadero entrenamiento en el que adquirir conocimientos y desarrollar aprendizajes que permitan cambios profundos en la consciencia de la persona. Se trata pues de formarse y transformarse interiormente para poder gestionar la vida y el estrés desde lugares interiores más sabios y conscientes. ¿Es esto posible? Lo es en la medida en que cada persona se comprometa consigo misma a realizar los cambios necesarios tanto en el plano emocional como en el mental. Se trata de aprender a gestionar las emociones y los pensamientos de una manera diferente, más sana y más consciente, para lo que hay diversas técnicas que se vienen aplicando tanto en el ámbito personal como en el profesional desde hace muchos años.

Pretender alcanzar estos estados de equilibrio sin conocer las técnicas es como si una persona decidiese representarse a sí misma en un juicio porque se cree muy lógica y coherente, los resultados pueden no ser los mejores. Al igual que hay profesionales de la abogacía hay profesionales dedicados al mundo del desarrollo emocional y el equilibrio personal, conocedores de las técnicas y enseñanzas capaces de llevar a una persona hacia un desarrollo personal y emocional tal que su forma de sentir, pensar y vivir deje atrás en gran medida el estrés y se encaminen hacia la serenidad interior y la gestión eficaz de lo exterior.

No estamos diciendo que sea fácil o inmediato, pero la energía y el tiempo invertido se rentabilizan de tal modo que quien se compromete con este tipo de trabajos nunca se arrepiente y, por supuesto, nunca volvería a tiempos pasados. Por algo será.

Si quieres profundizar en el tema del estrés te recomendamos la lectura de los artículos ¿De qué está hecho el estrés? El eje HPL del estrés

 

José Antonio Sande Martínez
Terapia y formación emocional
Noray Terapia y Formación

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